19.3.23

Página uno

"El vino entibia sueños al jadear
desde su boca de verdeado dulzor
y entre los libros de la buena memoria
se queda oyendo como un ciego frente al mar"

 "Los libros de la buena memoria" de Invisible




La fuerza y el poder de las palabras nunca deja de maravillarme; hay palabras que pueden hacerte feliz; palabras que pueden darte placer; palabras que consuelan; palabras que sanan; palabras que crean y que construyen; hay palabras que destruyen y dañan; palabras que hacen la guerra y palabras que traen la paz; palabras que hacen milagros y palabras que rompen corazones; hay palabras que enamoran, hay palabras que excitan, palabras que separan y que reconcilian. Lo mágico de las palabras es que nos rodean desde antes de nacer y hasta mucho después de morir, porque hay palabras en silencio, de esas que aparecen en gestos, en señas, en besos, en golpes o en traiciones; hay palabras que se las lleva el viento, como si no importara el peso que tienen; hay palabras que quedan grabadas, que llegan al corazón o a la mente sin cirugías y sin siquiera tocarlos; y mis preferidas que son las palabras que se añoran la inmortalidad y se quedan por escrito burlando al tiempo y, si se puede, también al olvido. ¿No es realmente increíble que encontremos muchas de éstas últimas en eso que llamamos "libros"?
La palabra "libro" viene del latín "liber", que hace referencia a la parte interior de la corteza de las plantas, eso era justamente lo que los antiguos romanos usaban como papel, para escribir.
Con ella nos escribíamos mucho, las palabras nos unían y en ellas encontramos una conexión desconocida para ambos, con dulzura y con placer descubrimos que hacían indeleble lo que sentíamos, hacían eterno eso tan parecido al amor.

Escribimos de arroyos y de ríos,
de olor a café en villas y aldeas,
escribimos de la brisa en los pinos,
y de hacer el amor en las praderas. 

Mas la arena cubrió las palabras,
el viento nos cambió los conceptos;
aquel amor ya no nos alcanzaba,
lo eterno nos duraba un momento.

Para ella, lo grabado había muerto; para mí, las inmortales aún les ganan al tiempo. Fuimos una historia hermosa en el peor de los libros, quizás nunca entendimos que fueron sólo las primeras hojas... lo malo de las primeras páginas es que son de las primeras que se pasan y a las que rara vez se regresa. Hoy, ella pretende escribir un final y yo, mientras tanto, me desangro en la página uno.

Un poema inmortal, un dibujo despintado.

Página uno

I

Bebiste del vino añejado

que nunca quisiste beber,

para en un brindis dorado

sentir los vidrios caer.

II

Besaste una boca partida

que corta y no hace doler,

para entregar años de vida

mirando tan solo a los pies.

III

Mas no siempre uno quiere

lo que a uno le hace bien,

pero es que vivir no depende

de las veces que respires.

IV

Pisaste unas hojas en barro,

olvidaste el arroyo en papel,

y al libro de páginas en blanco

le borraste mi nombre otra vez.

V

Siluetas rojas en cada orilla,

huellas de piedras para volver,

los ojos ciegos que crepitan

en aquel fuego que ya no ven.

VI

Mas no siempre uno quiere

lo que a uno le hace bien,

muchas veces lo que duele

nos sangra la vida también.

VII

Si me leíste, me dejaste tirado,

tus letras sabes que las guardé,

y si escribirte me está vedado,

debajo de los ríos te dibujaré.

VIII

La botella que su fondo despinta

ya no nos tiñe las fotos de ayer,

es otra tela colgando en la biga

que a la pasada nos suele tejer.

IX

Mas no siempre uno quiere

lo que a uno le hace bien,

coincidir no siempre es suerte

si el placer nos sabe a hiel.

X

Nos escribiste un solo futuro,

relato con nudos sin resolver,

raspas tus trazos con un bulo

en algún cuaderno sin releer.

XI

Quemaste naves en la rivera,

el incendio no apaga tu sed,

ya no hay opciones en espera,

ya no hay retornos al Edén.

XII

Mas no siempre uno quiere

lo que a uno le hace bien,

hay escritos que no mueren,

villas que aún saben a café.


Besos y abrazos literales.

NACHO